Un año de mierda
Acabo de volver de mi segunda clase de lenguaje musical, en el centro cultural del ayuntamiento de mi pueblo y me he vuelto a acordar, como me ocurrió con la primera, mi leve, pero precioso, paso por el Conservatorio. El Real Conservatorio de Música, que así se llamaba, estaba entonces en la plaza de Isabel II, compartiendo edifico con el Real, el teatro de conciertos de aquellos años. Me había matriculado en horario de mañana porque la tarde la iba a tener completa con las clases de la universidad, en mi primer curso de Ciencias Políticas, o eso creía yo.
A mí por aquel entonces me gustaba toda la música, en general -más o menos como ahora- así que no me importó que en el Conservatorio me obligaran a hacer un curso de solfeo antes de estudiar piano: Solfear también era precioso. Aunque lo que más me gustaba eran mis compañeros de clase. Porque allí estaban los dos típicos cursis, treintañero con un poco de barriguita y gafas y cuarentona algo cursi a los que amigos y/o familia habían dicho que tenían una bonita voz y allí estaban, decididos a que también nos enteráramos nosotros, aunque la modestia les obligaba a decir, en murmullos y bajando la vista, que eran "exageraciones"; y el veinteañero de vaqueros gastados y algo de melena que- se notaba a la legua- a lo que aspiraba era a tocar la guitarra, no se sabía si para ligar algo o para montar algún grupo con el que intentar llegar a la fama; y el japonés que se tomaba muy en serio todo aquello porque estaba decidido a aprender a tocar la guitarra flamenca; y yo, un verso suelto que no se sabía qué hacía allí y que los había etiquetado a todos en dos patadas (y probablemente mal, aunque no tuve tiempo de comprobarlo)
Iba a tener un curso muy ocupado: Aprobadas unas oposiciones en el Banco de Bilbao, donde me podían llamar de un momento a otro, y matriculada en Ciencias Políticas y Sociología , aquella matrícula en primero de solfeo era un compás de espera hasta que comenzara a trabajar, aunque me hacía una ilusión bárbara, desde aquella edad temprana en que oía a mi vecina del tercero, en las vacaciones de Navidad tocando preciosas piezas al piano porque en bodas, funerales y eventos varios de la parroquia de San Nicolás, al lado de casa, le pedían tocar, y ensayaba a conciencia.
Pero las prisas y carreras ya no me pillaban de novata. El año anterior había sido también muy completo: De nueve a dos, COU; de cuatro a siete, Servicio Social (la mili de las chicas, como se decía); y de siete y media a diez y media, academia de banca. Así que, un poco escamada de que sólo hacía cosas "útiles" y feas donde las hubiera, decidí aprender solfeo aunque fuera unos meses, sólo por placer.
Y me duró. Porque en el banco no me llamaron hasta marzo -exactamente el veintiuno de marzo, que me tomé como la premonición de una terrible condena, empezar a trabajar el día que comienza la primavera-, y en la universidad al ministro de Educación de turno se le ocurrió la brillante idea de hacer un experimento con aquella carrera nueva (Sociología) y comenzar el curso con el año natural, en enero, a ver qué pasaba.
Y pasó que fue un desastre, y que los alumnos de Políticas hicieron unas huelgas salvajes para librarse de aquella "novedad", y que prácticamente no hubo clases en todo el año, y que los pocos alumnos que habíamos conseguido ir a alguna clase acabamos examinándonos a escondidas, en colegios mayores y casi avisándonos con el tam-tam, porque los del nocturno ya sabíamos -o intuíamos- desde primero que eso de trabajar y estudiar era ya bastante duro como para perder un año así, de estreno.
Así que aquella clase de solfeo se convirtió en mi salvavidas durante aquel curso 72-73 de infausto recuerdo, en el que me fogueé en eso de bajar andando desde el palacio de la Moncloa (Sociología estaba al lado) hasta Lavapiés para pasar la tarde, pasear de vez en cuando hasta Clara del Rey a ver cómo iba la lista de espera del BancoBao cuando me cansaba de hacer comidas y fregar suelos en casa por las mañanas, y aquellas maravillosas clases de solfeo, a las once de la mañana, con aquellos compañeros tan frikis como yo y aquel profe que nos hacía seguir el compás del metrónomo con la mano mientras cantábamos las notas, como una familia Trapp cualquiera.
Seguramente gracias al solfeo seguiste con las otras tareas, no tan placenteras.
ResponderEliminarEso creo yo también
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