En el balneario
He terminado estos días el libro Archivos del Norte de Marguerite Yourcenar, que empecé a leer en el balneario de Elgorriaga, donde estuve este verano, uno de los tres libros que dedica a la historia de su familia. Una historia de gente anodina, burgueses que no tienen mayor interés, y ella misma lo manifiesta más de una vez a lo largo del libro, y que basan su riqueza y, sobre todo, su estatus, en el uso (y abuso) de una red de parentescos y relaciones familiares prácticamente inextricables, aun para su descendiente más ilustre.
Pero lo que sí tiene muchísimo interés son las reflexiones que hace Marguerite alrededor de los personajes, las situaciones y los ambientes. Y entre ellos, hacia la mitad del libro, he encontrado una frase que me ha hecho pensar, porque es una frase muy interesante: Habla de dos cuadros, y dice Los modelos de Van Eyck vivían en una época en la que los objetos significaban algo por sí mismos. Aquí, por el contrario, (se refiere a los cuadros del siglo XIX) los interiores dan testimonio de una civilización en la que el tener está por encima del ser; en este ambiente, no se tienen perros porque los perros ensucian las alfombras; no se ponen miguitas de pan en el alféizar de las ventanas porque los pájaros ensucian las cornisas; y si por navidad se distribuyen limosnas a los pobres de la parroquia, se hace en el umbral de la puerta por miedo a los piojos y a la tiña.
Y al hilo de esta reflexión me puse a pensar si yo soy o yo tengo; y primero he pensado que yo soy, porque en esta casa tengo muebles de una casa anterior -mi primera casa con Salvador-; muebles de un tío abuelo -muebles de señor rico, porque le tocó la lotería y algo quedó- y que me he traído, algunos del pueblo y otros de casa de mi madre; muebles de mis abuelos labradores -un trillo, un cestillo para recoger el trigo-; muebles de la familia de Salvador -que nos repartimos cuando se reformó la casa familiar-... Incluso muebles que he recogido yo de mis vecinos.
Y estaba concluyendo ya que eso me daba derecho a pensar que realmente yo soy y no yo tengo, porque todo encaja y todo lo uso, y todo cuenta mi vida, cuando recordé la novela (yaa comentada en otro sitio de este blog, creo recordar) de Georges Perec que se titula Las cosas y me di cuenta de que es algo confuso eso de que yo soy porque tengo objetos que identifico con mi vida y mis vivencias, si en el tal libro los protas son sus cosas, y no sé cómo puedo mantener mi ser, o mi esencia, o mi entidad, o cualquier otro nombre filosófico que se le dé a lo que espero que ya hayáis identificado que quiero nombrar, si las cosas no son meras posesiones (siglo XIX) y tienen significado propio (Van Eyck), porque entonces tiene que tener mucha personalidad uno mismo para no dejarse apabullar por esas cosas y mantener el protagonismo debido
Total, y para concluir, que la vida es una noria en la que se vuelve al mismo sitio cuando menos te lo esperas. Porque todo esto del ser (Va Eyck) , y del no ser (S XIX), y de la esencia (Van Eyck) y la existencia (S XIX), y, ya puestos, lo inmanente (Van Eyck) y lo contingente (S XIX), ¿no os suena a la escolástica de nuestro Bachillerato y al maldito Aristóteles que nunca conseguí entender del todo -aunque me lo aprendí de memoria, qué remedio-, porque a mí el que realmente me gustaba era Platón, con sus diálogos y sus sombras chinescas en la pared de la cueva?
Esto pensé y escribí este verano en el balneario. Porque ya se sabe, El diablo cuando no tiene que hacer, con el rabo mata moscas. Y yo no tenía más que hacer.
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