Volvemos al cole!

         Otra vez comienza el curso después de las vacaciones. Porque sí, vuelvo a ser alumna, gracias a ese afán de los municipios -pequeños o grandes- de tenernos ocupados, contentos y -supongo- con mentalidad de útiles a los mayores, de otro modo llamados viejos. Porque lo somos, y a mucha honra. Como he trabajado en Servicios Sociales muchos años, me sé toda la nomenclatura con la que se ha querido disimular - o no hacer sangre- la realidad de la vejez: Ancianos, Tercera Edad, Abuelos, Personas Mayores... Pero me parece absurda. Esas nomenclaturas tienen más que ver con la idea de que a los viejos no se nos necesita, o no se nos valora, o no se quiere usar nuestra experiencia, que con una realidad.                     

        Porque si a los viejos se nos valorara por nuestra experiencia, si se nos tuviera en cuenta para comprometernos con el futuro, la palabra viejo no sería tabú, no tendría esa connotación de cliché y no habría que sustituirla por palabras nuevas para quitarles la carga negativa de la edad. Y realmente, mientras no cambie esa mentalidad, será verdad que a los viejos no se nos necesita, aunque en el día a día nos demos de narices con el hecho de que los viajes, los cursos, las actividades para mayores estén  llenas, con listas de espera, saturadas de viejos que no quieren ser arrinconados y que mayoritariamente quieren contar lo que saben, aportar, ser útiles, y, lo que me anima a mí también, aunque supongo que será sorprendente, incluso incomprensible para mucha gente, ¡aprender! Porque quién ha dicho que hay una edad para aprender? Los viejos parece que no lo sabemos, así que, cuando podemos -es decir, cuando somos jubilados, viejos, ¡libres!- nos dedicamos a aprender lo que hemos tenido que aparcar durante toda nuestra vida de obligaciones, necesidades,  responsabilidades y todos os etcéteras terminados en ades que se os ocurran.

        Y no me importa que la sociedad no quiera contar con nosotros para construir, aunque de vez en cuando intento meter esta cabeza más dura que el diamante para aportar cualquier cosa. Mis ideas son las que merece Antoñita la Fantástica, y sólo me frena una tremenda pereza para pelearme con lo establecido, que desgraciadamente conozco muy bien. Supongo que alguna vez reuniré fuerzas, y ese día lo contaré.

        Pero ahora quería hablar ¿escribir? de mi clase de dibujo. que es con la que comienzo hoy. Ya he contado en otro sitio de este blog que yo quería estudiar Bellas Artes cuando era niña. Y Salva había estudiado Arquitectura, aunque nunca la terminó. El caso es que me encanta el dibujo. Pero estas vacaciones de Navidad he recordado episodios de mi niñez en el SEK que había olvidado, y que me han llenado de nostalgia. Porque no sé si pensando en la clase de dibujo a la que estoy apuntada ahora o por casualidad, he tenido flashes de mi infancia que nunca he olvidado: La profesora de Francés en Primaria, que la víspera del día de las vacaciones de Navidad pedía tizas de colores y dibujaba -de memoria- un Belén en la pizarra; la profesora de Física y Química, en el antiguo Bachillerato, que nos dibujaba en la pizarra la pila de Volta -que siempre me pareció aburridísima de copiar-, el motor de explosión y la obtención del ácido sulfúrico -que me encantaba, con los matraces, alambiques y otros elementos cuyos nombres no recuerdo-. O la profesora de Historia, que una vez nos sorprendió dibujando en la pizarra la batalla de Austerlitz con el río, la niebla, el campamento de Napoleón en una orilla y el ejército cruzando el río al amanecer aprovechando la niebla de la mañana mientras en el campamento austríaco, al otro lado, inocentes y confiados, dormían sin idea de lo que se avecinaba. 

        Así que el dibujo -los dibujos- me han perseguido toda la vida. Y por fin les he dado alcance. Y algo tiene que ver una compañera ocasional en la Comunidad de Madrid, contratada temporalmente en mi departamento y becaria en el Reina Sofía. Porque empezamos a hablar, y yo le confesé que había querido dedicarme a pintar, pero, por quitar hierro al asunto (y por echarme la culpa, cosa que ocurre mucho entre las mujeres), no era muy buena copiando del natural porque no veía la perspectiva. Y entonces se me abrieron los cielos, como suele decirse, porque me contestó que eso les pasaba a todos, y era una cuestión de aprendizaje y práctica. Así que me lo guardé. Hasta ahora. Unos cuarenta años. Pero me da igual, porque  en mi horóscopo 😅, Saturno (el dios del Tiempo) está en oposición a todos mis planetas. Vamos, que, en mi caso, mi carta astral me condena a tardar veinte años en conseguir algo. O más, según mi experiencia. 

        Pero todo llega para una superviviente como yo. Porque no me rindo, porque soy una optimista antropológica, signifique eso lo que signifique. Porque, mientras esté viva, la única manera de divertirme que conozco es aprender, socializar y experimentar, si no encuentro maestros que me ayuden. Pero creo que cada vez hay más gente, y cada vez se da más cuenta, de que los mayores -los viejos- somos unos aprendices magníficos y entusiastas, y no quiero decir eso de que asaltaremos los cielos porque los chicos de Podemos siempre me han parecido unos pijos cantamañanas, pero sí que algo tenemos que decir todavía en el mundo. Y lo diremos. Y somos muchos, y sabios. 

        El caso es que yo quería hablar de mis recuerdos de dibujo y me he venido arriba. Pero lo escrito, escrito está. Así que aquí lo dejo.  

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