Hoy he subido al pueblo, como todas las mañanas, con mi novela bajo el brazo, dispuesta a leer un ratito delante de una cerveza fresquita y luego volver a casa con la barra de pan y la compra de la frutería, de la carnicería o del chino. Pero esta vez he vuelto sin casi leer una página, porque la novela que tengo entre manos, El jinete polaco (Muñoz Molina), me ha removido algo que no me ha dejado seguir leyendo. Y ese algo ha sido la memoria no mía, sino de mi familia (exactamente como al protagonista de la novela, que no recuerda sus recuerdos, sino los que intuyó, o le contaron, su madre, su abuelo, sus vecinos, el baúl de fotos de Ramiro Retratista). Porque cuando mi hija me preguntó por la historia de la familia, que yo entendí como historia de mi familia -pero por lo visto entendí mal, porque sólo quería saber de mi infancia, tan distinta me veía a las madres de sus amigas, diez y quince años más jóvenes que yo (y eso er...
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