Hoy he subido al pueblo, como todas las mañanas, con mi novela bajo el brazo, dispuesta a leer un ratito delante de una cerveza fresquita y luego volver a casa con la barra de pan y la compra de la frutería, de la carnicería o del chino. Pero esta vez he vuelto sin casi leer una página, porque la novela que tengo entre manos, El jinete polaco (Muñoz Molina), me ha removido algo que no me ha dejado seguir leyendo. Y ese algo ha sido la memoria no mía, sino de mi familia (exactamente como al protagonista de la novela, que no recuerda sus recuerdos, sino los que intuyó, o le contaron, su madre, su abuelo, sus vecinos, el baúl de fotos de Ramiro Retratista). Porque cuando mi hija me preguntó por la historia de la familia, que yo entendí como historia de mi familia -pero por lo visto entendí mal, porque sólo quería saber de mi infancia, tan distinta me veía a las madres de sus amigas, diez y quince años más jóvenes que yo (y eso era mucho en experiencias vitales, con lo rápido que pasa todo en este siglo nuestro)-, empecé a indagar, y, entre lo que ya sabía y lo que me contaron, pronto dejé de hacerlo. Porque, realmente, quizá parezca que estamos en el peor de los mundos, si hacemos caso a las noticias que todos los días nos sirven para desayunar, comer y cenar los medios -y no digamos las redes sociales- pero, sinceramente, si escarbamos un poco nos daríamos cuenta de que hemos estado miles de años intentando sobrevivir, primero, a las guerras, luego, al hambre, y solamente en este siglo veinte hemos sustituido el instinto de supervivencia por el intento de ser felices. Hablo de la inmensa mayoría, naturalmente, pero incluso podría entrar en este "saco" ese cero coma cero cero cero etc uno de personas que no pasaban hambre ni temían a las guerras, porque aún esos debían temer las enfermedades, las muertes infantiles, las caídas en desgracia, las herencias genéticas...
Así que (no sé cuándo me voy a quitar estas muletillas, pero tengo tiempo, soy joven 😅) dejé de leer y volví a casa, pero ya en el coche me di cuenta de que no podría seguir leyendo si no procesaba lo poco que sabía yo de mi historia familiar. Porque esta historia de Muñoz Molina sobre su pueblo, su madre, su abuelo, su infancia pero que no es su infancia porque va mucho más atrás, es tan de la España profunda como la poca historia que me contaron, a veces en primera persona, como mi abuela, a veces de oídas, como mi prima Loli o mi primo Manolo, de mi familia, Pero sólo esas pocas pinceladas de algo no vivido es para que sele pongan los pelos de punta a cualquiera, tan dura era la vida, tan rígidas las tradiciones -pero que servían para que cada uno supiera su papel y se ayudaran unos a otros, como efectivamente ocurría- y tan pocas las oportunidades de salir del círculo, que impedían las propias costumbres, ya que el que "se salía de la caja" perdía el apoyo de la comunidad, que el sistema se reproducía ad infinitum.
Claro, esta ruptura con lo tradicional es de lo que hablo cuando digo que en este siglo se ha sustituido la mera supervivencia por el intento de ser felices, y se logró, mal que nos pese ahora que vemos esta España vaciada, con la despoblación del campo, porque significó la desaparición radical de las redes de apoyo, pero también de represión, que mantenían a todos mal que bien protegidos, pero también prisioneros.
Y esto me lleva a la primera historia de terror de mi familia, la historia de mi bisabuela Manuela, autoritaria donde las haya, lideresa de su pueblo de Andiñuela, donde todo el mundo esperaba a ver cómo negociaba la venta de la lana de sus ovejas con los comerciantes que venían una vez al año a comprarla para pedir después todos lo mismo, sus comienzos no fueron exactamente felices: Huérfana de niña, la acogieron unos tíos, más por aquello de la lealtad familiar que por cariño; pero, como era otra boca que alimentar, a los quince años la casaron con un viudo con hijos. Pero esto no es lo que me puso los pelos de punta. Lo que me impactó, y todavía me lo imagino cuando menos me lo espero, es la anécdota que me contó mi prima Loli, que vivió muchos años en la casa del hijo pequeño de aquella bisabuela, mi tío abuelo Aurelio,. Y lo que me contó fue lo siguiente:
Pues la bisabuela Manuela se casó, y un día, poco después de la boda, vio a sus amigos jugando en la plaza, y salió a jugar con ellos, Pero cuando estaba jugando, la vio un vecino, que la cogió de la mano, la llevó a la puerta de su casas y le dijo: Tú ya no puedes salir a jugar, eres una mujer casada. Eso sigue pasando en Africa y en otras partes del mundo, lo sé, pero cuando te lo cuentan desde tu familia, te toca otra fibra.
Y no sé si no fue peor lo de mi abuela, hija de la primera. Porque cuando murió la primera mujer de mi abuelo (paterno), la bisabuela Manuela, que ya dije que era de armas tomar -y si no lo dije, lo digo ahora-, le conminó a elegir otra de sus hijas, la que quisiera; de esta manera, mi abuelo no reclamaba una segunda dote y mi bisabuela "colocaba" otra hija, que tenía seis. Y mi abuelo eligió a la pequeña, María, después de haberse casado primero con la mayor, Manuela. Pero he aquí que, entre medias, se había echado una "amiga con derecho a roce", como se dice ahora, y la amiga, que debía tener sus planes, "echó una maldición" a mi abuela, y sus dos primeros hijos murieron, el primero al nacer y el segundo de la "caca verde". Todavía recuerdo a mi abuela llorando por "el su Ramirín", con ochenta años, cuando mis padres se iban a la sierra y nos quedábamos solas en nuestro piso de Salitre
Así que mi abuela, cuando vio que sus hijos se le morían, recurrió a la "bruja buena" del pueblo, que la instó a que fuera a un lugar apartado cuando nadie la viera, cogiera dos "jeijos" (dos piedras de cuarzo), las frotara recitando un ensalmo (los ensalmos tienen un aroma punto religioso, los conjuros son totalmente paganos) y luego enterrara un huevo, símbolo de un embrión, claro. Y así salvó la vida de su tercer hijo, mi padre.
A mi otra abuela tampoco le fue mejor dentro de otros parámetros, pero no hay que hacer una novela de una entrada de blog. Porque hay más historias de auténtico terror ( y ya sé que no es el terror de huir del asesino de las películas al que estamos acostumbrados, pero imaginaros que esa vida os toca a vosotros y sentiréis el terror auténtico de lo que pudo haber pasado), pero en realidad esto es sólo un exorcismo para poder seguir leyendo, que la dichosa novela me está gustando y ni de lejos es tan dura como Los Santos Inocentes o La familia de Pascual Duarte, que ésas sí que me resultarían más próximas a mis no-recuerdos, no por ser historias parecidas de argumento, sino parecidas de dureza
Y ahora que he expulsado mis demonios espero poder seguir leyendo a Muñoz Molina. Porque el libro, al menos de momento, es una maravilla.
Y no olvidéis trabajar para ser felices !!!
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