No es una novela, no es un reportaje, pero sé lo que es: Es bueno
Una vez, leyendo una entrevista a Juan Madrid, leí que decía de Días contados, mi novela favorita, que algunos amigos le habían aconsejado, cuando se la había dado a leer, que la acortase, que sobraban páginas. Y les hizo caso, y la novela tal y como vio la luz me parece redonda. Algo parecido me sucede con las obras de Javier Cercas, pero al revés. Creo que les sobran páginas, al menos a las que yo he leído (que no son muchas, lo reconozco).
También es cierto que cuando leí Soldados de Salamina ya me llovía sobre mojado: la misma sensación de que sobraban páginas me venía persiguiendo en novelas de Javier Marías o Belén Gopegui; novelas que a menudo me gustaban, pero sólo me sacaban un psch por el alargar, y alargar, y alargar situaciones que no aportaban. Y no es que yo crea que una novela debe tener una dimensión concreta, pero parece que, en literatura al menos, el número de páginas va por épocas: En la época de los cuentos de Cortázar o de Borges llegaron a publicarse sesudos estudios que contaban que las prisas de la sociedad moderna hacían recomendable escribir cuentos por su brevedad, acorde con el tiempo que les había tocado. Después llegaron las novelas de doscientas páginas, época en la que a mí me "sobraban" algunas/muchas (hubieran sido unos cuentos perfectos algunas de ellas) de dichas doscientas, como he comentado, y ahora creo que es el tiempo de los libros de quinientas, aunque no todos son novela. Y sobre los libros de quinientas páginas no, pero sobre las pelis de dos-tres y a veces cuatro horas también hay estudios que analizan que ahora lo que se valora es dedicar una tarde entera a algo que te ocupe tooodo el tiempo de esa tarde, para no tener que multiplicar las actividades, algo que cansa las meninges y vacía el bolsillo. Sobre todo si ves la peli en un centro comercial, donde, si dura poco, o bien te sigues gastando una pasta gansa en merendar o hacer la compra, o no te compensa el viaje en coche desde tu hogar-dulce-hogar, donde tienes Netflix, Filmin y otras plataformas.
Pero volviendo a lo nuestro, una de estas no-novela es la que toca esta vez: El loco de Dios en el fin del mundo, de Jarvier Cercas. Y toca comentarla porque acabo de terminar de ver en La Sexta Columna un reportaje sobre el reciclaje, y, como un bucle, he vuelto al libro, cosa que me lleva sucediendo a menudo desde que lo he leído, hace ya algunas semanas. Y es que es un libro que, aunque es una magnífica expresión del paisaje y del paisanaje, y que combina muy sabiamente el "color local" con el reportaje, y que está escrito en un lenguaje seudocoloquial que dice mucho de la maestría del autor, (y que me sobran algunas páginas, también, porque algo hay que criticar), no es esto lo importante. Lo importante es que te desliza así, como quien unta una tostada de mantequilla, una "pila" de preguntas, dudas y trampas intelectuales que no es que te hagan pensar, que también, sino que te llevan a otros derroteros, como sucede con los buenos pensamientos: Que se engarzan como las cerezas hasta que te llevan a otro lugar y otra pregunta.
Así que, cuando oí la última reflexión del reportaje: Estamos acostumbrados a una economía lineal de consumir hasta morir y hay que cambiarla por una economía circular, me recordó la teoría de Jose Luis Pinillos (El corazón del laberinto) sobre la religión católica, que dice que ha sido muy importante para la humanidad y para el progreso porque es la primera religión que no propone un universo circular con una vida circular y una reencarnación, sino que habla de que después de este mundo hay otro, con lo cual hay una progresión lineal, y eso ha llevado a la idea de progreso y al actual mundo occidental. Y es muy gracioso ver cómo la maquinita que tenemos dentro del cráneo va dando pasitos hasta llegar a asociaciones sorprendentes, pero que leyendo este libro salen como las setas después de un día de lluvia: No hay ni que buscarlas, te buscan ellas a tí. Y la última asociación, que también me ha dejado medio K.O. (última porque está en las últimas páginas del libro, no por definitiva) también se las trae.
Porque dice Cercas, ¿Puede ser cristiano quien no cree que no nos morimos del todo, que hay una vida más allá de la vida, otra vida después de ésta?. Y se responde (¿se responde?): El corazón del cristianismo para el Papa es el amor de Dios... Y a uno, cuando se encuentra con esto, no le obsesiona la vida eterna. Y yo pienso lo mismo, pero a la vez esta contraposición vida eterna/amor de Dios me recordó las dos clases de "dolor de los pecados" de mi catecismo infantil: La contrición, que es arrepentirse de haber pecado porque Dios es buenísimo y sufre, y la atrición, que es arrepentirse porque hay mieditis de las penas del infierno. Un buen salto, no?, pero la analogía me vino sola. Y ya, embalada como estoy, cuento otra miajita de las paradojas/preguntas/reflexiones que se cuelan entre las páginas, y ésta es la última, lo juro por Snoopy: Cuenta el autor que, en una conversación, su "oponente" le dijo que En Europa la gente ya no va a la iglesia, pero siente la necesidad de una búsqueda espiritual. Quizá sobre todo los jóvenes. Y según lo leí me vino a la cabeza la peli "Hair", que ya sé que es americana y en el libro se estaba hablando de Europa, pero el flash fue fulgurante. No sé si os habría pasado lo mismo.
Claro que también es verdad, como ya he dicho en otras ocasiones, que estáis con Antoñita la Fantástica. Pero eso no importa. En esta ocasión, no es Antoñita sino yo la que dice que este libro hay que leerlo. Aunque le sobren páginas.
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