Están los inútiles, y luego estoy yo
Cuando mi bonito Peugeot 205 murió en acto de servicio en una rotonda de la sierra, un punto negro donde el sol que se ponía me dejó ciega y me empotré contra una rotonda, decidí no comprarme más coches y estuve unos años sin conducir, confiando en que Salva hiciera de chofer, cosa que duró hasta que muríó y se me acabó el chollo.
Así que volví a comprarme coche, y esta vez le tocó la china a un precioso Mercedes Clase A, que, como ocurre siempre con los coches que no conoces, tuve que volver a aprenderme dónde estaban todos los cachirulos -yo lo llamo la botonadura-. Y ahí empieza la historia que quiero contar hoy, para que se consuelen las docenas -me encantaría que fueran cientos, pero creo que no cuela- de mujeres que se sienten inútiles al volante, y que no tienen por qué. Porque el coche, para muchas de nosotras, es una herramienta de la que esperamos que nos lleve a los sitios, y lo demás -el sentirse poderoso al volante, el mimar al coche como a un hijo tonto. etc- se lo dejamos a los hombres. En el caso de una menda, además, todo se complica, y no porque no conduzca bien, que conduzco bien, sino por mi personalidad "endógena": Despistada. Odio conducir y me importa un rábano la opinión de los demás. Y lo digo porque todo ello tiene un papel en la historia que sigue.
Me había dejado yo una pasta en la revisión a mi Mercedes para pasar la ITV en un taller que me había recomendado mi ex-cuñado Fernando, amigo y fan declarado de Salva, y tenía mi monísimo mini aparcado en la puerta de casa, cuando me llama mi vecina para decirme que tengo unas luces encendidas. Salgo, miro, me pongo a dar a botones a diestro y siniestro hasta que -supongo- he apagado las luces. Pero he aquí que, hacia las once de la noche -y gracias que no me había puesto mi "atuendo de noche"-, llaman de nuevo a la puerta, esta vez el chico del Pizza Hut que habían encargado mis vecinos y que, al ver ¡otra vez! las luces de mi coche encendidas me había llamado para que no se me agotara la batería durante la noche.
Agradecida y agobiada por mi ineptitud, comienzo a hablar con él, a confesarle que soy una inútil para, no ya lo digital, sino ni siquiera lo analógico, tecnológico o cualquier otro lógico que no se refiera a algún tipo de filosofía, y entonces aquel angelito bajado del cielo (que estaba muuuuy bueno, por ponerle una guinda), va a su coche, que tenía allí aparcado, saca su móvil, enciende la linterna y me empieza a explicar en mi panel de mandos qué cosa hace qué -incluidas las luces que seguían encendidas- y, de propina, me dice que tengo una fundida, la trasera derecha. Bien. Estupendo. Acaba de salir del taller. Divino.
Después de todas la explicaciones y las mil gracias, que el pobre no hacía más que quitarse de encima diciendo cosas como Qué menos, señora, Pobrecita, se iba usted a quedar sin batería (para que luego digan de los jóvenes, seguro que le recordaba a su abuelita), me quedé con la idea de ir al taller que me había revisado el coche, a ver qué luces tenía fundidas o por qué no funcionaban. Y eso hice. Fui al taller. Segundo episodio. Porque cuando les dije que había alguna luz fundida o algo raro pasaba, el encargado me dio un segundo curso -esta vez de máster- sobre luces obligatorias opcionales, automáticas, sólo para parkings y otras lindezas de las que sólo me aprendí las que usa todo dios, es decir, cortas y largas, porque no hay cabeza ya que pueda memorizar todas las opciones de luces de coche o programas de lavadora o lavavajillas y, además, le quede hueco para pensar. Así que todo quedó en nada: La luz que vio fundida el chico de Pizza Hut era una luz que se encendía -o no- según el volante estuviera girado -o no- al aparcar el coche; las luces que veíamos todos encendidas eran un reflejo de la farola de delante de casa, el taller lo había hecho todo de lujo, yo perdí una mañana a lo tonto yendo y viniendo para que me llamaran inútil (que no me llamaron, eran gente educada), el coche pasó la ITV y todo resuelto.
Lo que sí me ha quedado es la sospecha de si se habrán descojonado mi ex-cuñado Fernando y los chicos del taller con mi metedura o todos habrán sido discretos y aquí no ha pasado nada. Y la verdad es que, como hace mucho que perdí mi sentido del ridículo y todavía no lo he encontrado, si se han reído un rato, mejor que mejor. Unas risas nunca vienen mal.
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