Cocido maragato

        Llevo más de diez años en clases de piano que nunca me han dado ningún motivo para torturar a amigos y conocidos con un repertorio precario, pero en aquellos lejanos años en los que estaba muy ilusionada con la historia, actuaba en los festivales de fin de curso con la partitura que había practicado durante el año. De vez en cuando me confundían -por la edad, evidentemente- con una profe, y otras veces me felicitaban por mi valor al interpretar "cositas" de Mozart, porque me encanta, me priva, me enloquece, no sé cómo decirlo: En quince años que creo que llevo yendo a clase, sólo se han librado de no escoger alguna partitura de Mozart dos o tres: el año de El Golpe, el año de Coppelia y el año de Santa Lucía. Creo que ahí se acaba mi "traición" a mi ídolo. 

        El caso. Estaba yo entre el público en uno de esos festivales al lado de un compi que parecía muy nervioso, esperando los dos que nos llegara el turno. Y hablando, hablando, para intentar calmarlo, le digo algo así como "No te preocupes, los espectadores son papis y todo les va a sonar bien, no son un auditorio muy exigente". Y entonces llegó el cubo de agua helada, porque el chaval, que súbitamente se había tranquilizado, me contesta: "Mi padre sí entiende, es profe de piano en el Conservatorio". Y ahí se acabó mi tranquilidad, porque, igual que en los pueblos hasta los años sesenta -como me enteré cuando escribí mi tesis doctoral- creían que algunas enfermedades se pasaban voluntariamente de unos "huéspedes" a otros como quien se cambia de camisa, así se pasó en aquel momento su nerviosismo a mi persona. Y me puse tan nerviosa que cuando llegó mi turno, a la mitad de la partitura levanté los brazos, dije "Ya no me acuerdo de más" y ahí me quedé, dando gracias al cielo de estar de espaldas al auditorio, mientras oía a mi profe decir a mi lado: "Es que es muy difícil". Mozart, claro.

      Y ha vuelto a pasar. Este finde he organizado un cocido maragato en casa (me encanta crear tradiciones) con veintidós comensales. Bien. Todo perfecto. Pero uno de los niños -uno de los ya ocho sobrinos-nietos por parte de marido que tengo-  me había hecho la pregunta fatídica, en la última comida del verano en el jardín, "Todo muy rico, pero ¿Cuándo es el cocido?" Así que estaba como una moto por si algo salía mal, que nunca sale mal porque el cocido es un plato muy agradecido, pero los niños me superan. Tanto me superan, que, para no decepcionarlos, como aquel mismo verano les había creado un huerto en mi jardín y habían plantado un montón de semillas de las que, naturalmente, no salió nada (sobre todo porque olvidé regarlas), fui al vivero y compré media docenita de plantones, de los que sobrevivió uno. Así que, cuando llegaron a casa el domingo del cocido, fueron a ver "su" huerto y vieron con un entusiasmo genuino que había salido ¡una lechuga! (una acelga, todo sea dicho).

        Así que (en esta entrada no había "colocado" todavía ningún así que), volviendo al cocido, para no arriesgarme a quedarme corta, me quedé quilométrica. Porque hubo cocido para repetir, para tripitir, para que se llevaran a casa y para alimentar al día siguiente a mi profe de piano, que estaba con anginas en el lecho del dolor con tres hijas a su cargo y ganas de nada. Pero me quedó algo muy claro, cuando lo pensé despacio: Ya entiendo por qué no me gustan los niños: Es que no soporto defraudarlos. Y eso es cansadísimo.

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