Qué mundo es éste que nos ha atrapado
Mi cuñado Ignacio en el whatsapp de la familia nos ha mandado un vídeo de una estupenda señora cantando una preciosa canción de blues que no sabíamos quién era, y después de dejarnos elucubrar y cuando ya todos estábamos desubicados e intrigadísimos ha confesado que es una creación de la IA en Spotify. Y mi sobrino Michi, que está muy al loro de todo esto, aclaró que ahora la IA puede crear, y lo hace, la imagen, la canción y toda la parafernalia necesaria para que parezca una actuación de verdad, (y ésta era una canción que realmente sonaba muy bien, aunque la chica -la cantante- era un poco mecánica). El truco está en que la gente se descarga la canción, paga un dinero por la descarga y Spotify se queda con todo porque como no hay personas detrás no hay que pagar derechos de autor ni gastos colaterales de ningún tipo, y todo va a la saca.
Y justamente me ha pillado esta historia cuando me acababa de terminar la última novela de Delphine de Vigan, Los reyes de la casa, que va precisamente de youtubers infantiles y la polémica (yo no veo polémica, soy un poco radical con los derechos de los niños) de si estos "niños estrella" están explotados por sus padres o los padres tienen derechos sobre la imagen y la intimidad de sus hijos mientras son menores. Y siento haber destripado ya la novela si alguien la pensaba leer, pero es que, si ya daba un poco de miedo lo de la IA que he contado antes, todo esto es escalofriante por partida doble. Porque ya dan qué pensar (por no decir otra cosa) los logros tecnológicos de la IA, por ejemplo, y para qué se utilizan -y, por cierto, me han comentado que consumen recursos energéticos por un tubo, ahora que parece que hay conciencia de que la energía no es eterna ¿o no hay conciencia de esto?. Pero eso está todavía un poco en el futuro, aunque sea un futuro muy inmediato. Lo que ya lleva tiempo entre nosotros es el tema de youtube y de instagram y otras plataformas, y dan mucho mido algunos artículos de prensa que he leido donde cuentan, por ejemplo, que se ha eliminado el departamento que filtraba (al menos en X) los contenidos desagradables porque generaban pasta gansa (y uno de ellos, según el artículo, era un padre que, con tal de conseguir likes, había cortado el cuello en directo a su hijo de un año).
Claro que siempre ha habido niños prodigio. Y siempre se ha analizado a posteriori la vida miserable de las niñas prodigio de Hollywood, y se sabe cómo han evolucionado estrellas como Michael Jackson y otros muchos. En España no hay que remontarse a Marisol, basta con haber leído algo de qué ha sido de los niños de Verano Azul, por ejemplo. Pero creo que es distinto de los niños youtubers. La misma Delphine de Vigan los diferencia claramente en la novela, y para mí, basta decir que uno de mis "amigos" (con derecho a roce, años ochenta) de juventud, ayudante de dirección de cine, decía con mucho cariño -y también humor- que debía legalizarse la profesión de "mamá de artista", porque no había gente más entregada ni más pendiente de cómo se trataba a su niña (siempre eran niñas), y no desde el punto de vista de los contratos y lo crematístico, sino en el trato diario del rodaje y sus prolegómenos.
Pero no es quedéis con esta imagen tranquilizadora de los padres protectores, porque la novela de De Vigan va precisamente de lo contrario. Tremenda, retrato creo que muy fiel de la realidad, abre una gran ventana a los fantasmas del futuro cuando habla de las nuevas enfermedades mentales originadas por las redes sociales a las que los psiquiatras están empezando a poner nombre -porque son enfermedades nuevas, como también fueron enfermedades nuevas hace algunos años las que sufrieron los inmigrantes y que tampoco tenían nombre, como el síndrome de Ulises, y como tampoco tenían nombre las enfermedades de los niños que tienen todo lo que piden y consecuentemente no tienen ilusión por nada (el síndrome de Midas)-
Y no se quedan aquí las virtudes de esta novela. Porque aunque el estilo literario no me ha parecido espectacular (quizá haya sido la traducción, nunca se sabe), los personajes son magistrales. Porque se perfilan perfectamente tanto el personaje de la madre exhibicionista como el padre colaborador y los niños manipulados y luego rebeldes. Pero nadie es culpable. El culpable es etéreo, son las redes, es el algoritmo, es el lavado de cerebro como se decía antes, es la inmersión total en el "Gran Hermano" desde la edad temprana, es la identificación con la exposición: Si no sales por la tele no existes. Así que la tele -o las redes, todo es exposición al mundo- se aprovecha de carencias afectivas, de deseos de agradar, de sumisión a los lazos familiares, para conseguir audiencia, likes, rendición total a la manipulación.
Y termino con una frase lapidaria, pero el único final posible después de este spitch: Este libro debería ser de lectura obligatoria en todos los colegios.
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