La historia de la raja de merluza

    Hace un par de días estaba yo en una terraza de Moralzarzal cuando pasó por allí mi excuñado/camarada/amigo Fernando, y pegamos la hebra un ratito. Un largo ratito, porque Fernando es de los que hay que decirle déjame hablar para poder meter baza (detalle, entre otros muchos, por el que creo que "amigaba" tan bien con mi marido, parco en palabras donde los hubiera.

        Pues estábamos allí en la terraza con el rico solecito que tan poco se prodiga estos días, y me vino a la cabeza la historia de la raja de merluza, quizás porque algunos días antes me había topado en uno de los súper a los que voy (como lo que tengo es tiempo, alterno dos súper de los muchos que hay en la zona con las tiendas del pueblo, según lo que quiera comprar) con una merluza que "estaba viva", según lenguaje de los pescaderos, y que vendían por rajas, evento realmente raro porque ahora, cuando los empleados de los súper no saben nada de pescado, venden las piezas enteras para no estropearlas con el corte y la gente como yo nos quedamos sin poder catar la merluza, el rape o el salmón.

        Realmente ya no recuerdo de qué estábamos hablando cuando se inició una conversación sobre esas suegras -o madres- tan posesivas, o machistas, o controladoras, vaya usted a saber, que nunca están contentas  con las cónyuges de sus hijos varones, en esa idea tan antigua de que "no hay mujer que se merezca a mi niño, con lo que él vale y seguro que lo pesca una lagarta"-. Y en ese contexto recordé la historia de la raja de merluza, que contó una vez mi prima -y como tengo ocho primas hermanas y cinco primas terceras de las que soy amiga, adivina adivinanza cuál de ellas lo contó- en una minitertulia que surgió hace tiempo, no sé si en las fiestas de nuestro pueblo de referencia o en alguna boda familiar. Y como la contó la cuento, porque es muy ilustrativa de la irracionalidad de ciertos prejuicios.

        Para entender cabalmente lo que viene a continuación debe saberse que todas la primas menos una de las referidas anteriormente son hijas de pescadero, que la merluza de pincho de Coruña es el summum del summum en merluzas y que la expresión "estar vivo" es el máximo de frescura que puede expresar un pescadero.

        Mi suegra y mi madre se llevaban muy bien. Siempre sospeché que era porque cuando se veían aprovechaban para ponerme verde, pero mi marido dice que esas son cosas mías, así que ahí lo dejo. El caso es que un día mi madre, que había visto hacía poco a la susodicha, se presentó en mi casa con una hermosísima raja de merluza de pincho de Coruña "para su consuegra". Nada para mí, nada para su yerno, sólo "la otra", parafraseando a Concha Piquer. Era una raja de merluza "de centro", de las bonitas, y por el peso y porque "estaba viva" debió costarle a mi madre un ojo de la cara. Así que llega la hora de cenar, preparo para los demás otra cena, le hago la raja de merluza a mi suegra a la plancha para no estropearla, y se la sirvo, esperando a que la probara -y la alabara- antes de decir que era un regalo de su amiga y pariente y darle la sorpresa.

        Pues mal hecho por mi parte, porque, según la probó, comenzó a engarzar unos con otros comentarios del tipo "Esto no hay quien se lo coma" Esto es paja pura", "Esto no se le da ni a los cerdos" y otras lindezas. Oído lo cual, me levanté de la mesa, cogí el plato con la raja de merluza, lo tiré a la basura con todo el dolor de mi corazón y me volví a sentar. Mi único consuelo fue que cuando preguntó, ya más tímidamente, si no había otra cena, le respondí un lacónico "no" y se fue a la cama sin cenar.

        Esta es la historia de la raja de merluza y la suegra de mi prima, y esto le conté a Fernando aquella mañana, que, no sé por qué, me pareció que no le resultaba del todo desconocido el mensaje de que hay gente irracional y comportamientos irracionales aun en gente racional y, aunque intentes llevarlos a posiciones lógicas, no te creen, o no te escuchan, o, simplemente, aunque sepan que no tienen razón, les resulta muy costoso cambiar su universo porque están muy cómodos en él.

        Pero optimista que soy, diré que en la generación en la que la gente de mi edad somos suegras no he encontrado otro comportamiento tan..."firme", así que espero que este cambio generacional a mejor que constato sea una categoría y no una anécdota.

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