Muñoz Molina, o rozando la perfección
Estoy leyendo El jinete polaco. De Muñoz Molina leí, cuando se publicó, El invierno en Lisboa, y me encantó: Era un perfecto homenaje, muy bien traído a la realidad española aunque sin perder el misterio de una buena novela negra, a la novela negra americana, ésa que tanto me gusta y que aquí en España han cultivado con toda solvencia Vázquez Montalbán, Juan Madrid y algún otro que no recuerdo.
El jinete polaco llegó a mis manos por casualidad, gracias a la generosidad de la terraza de verano (y de invierno también) de un no sé cómo llamarlo, porque no es pub, ni café, ni cafetería, ni bar, es... una terraza con chiringuito dentro para cuando el frío arrecia, que aquí sólo hay cuatro meses de verano mal contados y el resto del tiempo ellos tienen que vivir y nosotros tenemos que salir (de casa). Pues bien, a los -y aquí llamaría a Salvador a que me sugiriera palabras con las que nombrar a los dueños, porque no me salen palabros guays pero Salva no está-, pues a los (que cada uno le ponga la palabra que prefiera), se les ocurrió aprovechar el Día del Libro de este 2026 para regalar la biblioteca del anterior socio y amigo, que había fallecido, como bonito homenaje. Y aquí me veis mirando libros, pensando que no me podía llevar una carretada, primero porque no podría con el peso y sobre todo por aquel prurito que tenemos algunos, y sobre todo los pobres, según he comprobado en mi vida política, de que no podemos arramblar con todo aunque nos presenten la oportunidad a huevo porque estaría mal visto, como factor fundamental (no hay que perder de vista el qué dirán), pero también porque hay que dejar espacio a que los demás también se beneficien (solidaridad, reparto equitativo, negociar en vez de competir, el último duro que se lo lleve otro, Hacienda somos todos y tanto eslogan para decir que mejor no acaparar, que tiene que haber para todos y si no, se reparte lo que hay).
Y aquí cayó El jinete polaco, que no había despertado mi curiosidad porque después de El Invierno en Lisboa, que sí me había parecido precioso, había leído Plenilunio, bien escrito, personajes muy complejos y bien perfilados, temas espinosos como la policía social en la universidad o el País Vasco y la lucha contra ETA enfrentados a los individuos que hacen posibles esos escenarios y sus contradicciones, experiencias y necesidades vitales, pero que no había captado mi atención quizás porque a pesar de los personajes bien llevados le faltaba argumento, garra, interés en la trama.
Así que había hecho un tercer intento, porque hasta ese momento había empate, y comencé a leer otro libro, éste un ensayo en el que utilizaba el lenguaje para manipular. Y como yo no soy importante, voy a decir lo que ví y leí, segura de que nadie me va a demandar: Lo que vi es que Don Antonio decía que era independiente, equidistante, objetivo, pero luego hablaba de la gente de izquierdas con nombre y apellidos desde la página cinco -y hablaba de amor por el poder, de corrupción, de "temas desagradables"-, y tuve que llegar, más o menos, a la página cincuenta para encontrar una frase del estilo: "Pero en la derecha también pasa lo mismo", esta vez sin nombres, sin detalles, sin "color", como diría Maruja torres. Como si este maestro de las palabras no supiera el valor de las palabras. Como si no supiera que señalar no es lo mismo que ocultar en la multitud, o que poner ejemplos no es lo mismo que hacer aseveraciones genéricas, siempre interpretables.
Resumiendo, pensé que no tenía derecho a usar su saber hacer para manipular la opinión, porque siempre he pensado que una cosa es el derecho a opinar y otra utilizar tu prestigio -bien ganado, no hay que dudarlo- para utilizarlo espuriamente en temas que hacen mella en los demás pero en los que Fulano, o Mengano, o Muñoz Molina, son simples ciudadanos, sin más.
Así que no había seguido leyendo nuevas publicaciones hasta que vi el libro en La Cabra Azul, que así se llama mi terraza favorita. Y no pude resistir la tentación. Y lo empecé a leer, después de La ciudad y sus muros inciertos, de Murakami. Buen desafío, a fe mía: Se lo puse difícil. Y ¡sorpresa!, te atrapa.
Siempre me han gustado los libros de memorias, se llamen El libro de mi amigo de Anatole France o El balcón en invierno de Luis Landero, pero éste va mucho más allá. Porque usa su memoria (en realidad no es un libro de memorias es un libro escrito desde la memoria) para, no sólo narrar una época muy extensa, con sus saltos atrás de padres, tíos, abuelos, o para hacernos un retrato del "novelista adolescente", parafraseando a Sender, sino que traza unas relaciones entre personajes que calientan el alma por su profundidad y su atracción para sumergirnos en un mundo, el de los años setenta, tan convulso pero tan sugerente a la vez para muchos de nosotros. Y de eso quiero hablar, porque me ha impresionado en la segunda parte del libro las "cadenas", que no de favores pero sí de imposibles, que retrata con todo el poder que da el lenguaje llevado a un terreno magistral y el estudio de unos personajes que precisamente por conocidos de todos nosotros nos sobrecogen, la impotencia, tanto de la juventud como de la vejez, en la que ninguno de los dos, ni juventud ni vejez, pueden liberarse del pasado .
Hablo de las compulsiones juveniles y de las seniles que se ven en los protagonistas, porque es una novela coral, y creo que lo hace a propósito, como queriendo contrastar las emociones de la adolescencia con las de la senectud: En la adolescencia, Marina tiene un "novio" mayor -Marina tiene diecisiete años, va al instituto y para ver a su "novio" mayor se maquilla, se pone tacones y minifalda y oculta todo lo que puede su adolescencia-. Marina, a su vez, es el gran amor de Manuel, compañero de instituto que se pasa las tardes rondando la casa de Marina, muy lejos de la suya, porque él pertenece a la "poblacion proletaria" de Mágina y Marina, no (buen punto a favor del instituto). Manuel narra la novela desde un estatus de adulto en un encuentro con Nadia, que también vivió en Mágina y, a su vez, se enamoró de "El Praxis", un profesor del instituto opositor al régimen, cobarde y convencional, que tiene una "compañera", como se supone que tenían que tener los progres, pero cae en todas trampas del estatus: se lía con una jovencita, la deja cuando se acaba el curso para volver con su compañera -que no su esposa, pero tanto da porque cae en los mismos...(Salva, porfa, por qué no estás)
En el ocaso de la vida, sin embargo, todo se ve muy distinto: Aquí se pregunta uno qué momento de valor tuvo que hizo de su vida algo digno y no un continuo pasar sin pena ni gloria, ni emoción, ni siquiera un poco de dignidad por estar haciendo lo correcto sino una serie de actos debidos o esperados que no llevan a ninguna parte, ni siquiera al respeto ajeno. Y aquí los personajes creo que todos se redimen, aunque algunos un poco menos que otros. Se redime el subcomisario de una vida anodina y acobardada por sus subordinados, que no le respetan, cuando consigue recobrar su autoridad -su dignidad- para devolver la libertad a la hija del hombre que le había salvado la vida, detenida por la político social de Mágina; se redime el fotógrafo anodino, siempre seguidor de su maestro desaparecido y sin ideas propias, absorbido por los nuevos locales de fotografía del pueblo y sus nuevas técnicas, cuando rescata para el exiliado vuelto al pueblo sus fotografías de cuando era el comandante fiel a la República, y se redime el comandante exiliado y retornado cuando recuerda, gracias a esas fotografías, su momento de fidelidad, único momento de rebeldía de una vida hasta entonces predeterminada, anodina, previsible y cuestionada en el fondo, momento que le lleva al exilio pero al que no renuncia, porque es el único en el que ha decidido él, y no las normas, ni lo establecido, ni lo que se esperaba de él, sino él mismo en un acto único de voluntad que no se vuelve a repetir.
En fin, seguro que se me olvidan muchas cosas, como lo que me he divertido comparando la música que oye el prota y la que oía yo, y a lo mejor hago una segunda parte, porque sólo voy por la página 400 de 600. En todo caso, si la hago, seguro que se lo merecerá. Y en algún momento escribiré sobre mis compañeros de la quinta del 55 -Wyoming, Baltasar Garzón, Miguel Bosé-, de los que estoy muy orgullosa a pesar de los pesares (esto por Miguel Bosé, claro), y a lo mejor meto con calzador a Muñoz Molina aunque sea del 56. Después de todo, qué es un añito si la canción dice que Veinte años no es nada?
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