Tengo las fotos

        Hace días que estoy dando vueltas a una entrada que se iba a llamar Están los inútiles y luego estoy yo, Segunda parte porque la piscina ha sido un dolor de cabeza peor que las luces del coche o la maleta en el tren. Llevo tres asaltos con ella, me ha ganado dos y el tercero creo que lo tengo resuelto, pero por los puntos: De K.O., nada. Y lo cuento

        Primer asalto: Verano de 2024: Salva en el hospital del dieciséis de julio al cinco de septiembre. A mí me había hablado vagamente de que había arreglado la depuradora alguna vez, había hecho tratamientos al agua el año anterior y el líner ya estaba un poco viejo, pero ésas eran las cosas que a él le gustaba resolver... hasta que, cuando entró en el hospital, el agua se puso verde. Verde oliva, para ser exactos. Y verde siguió, con mis ganas de bañarme los ratitos que tenía libres pero sin mis ganas de enterarme de qué pasaba con la p... piscina, que no era mi negociado, como se dice ahora. Uno-Cero

        Segundo asalto: Verano de 2025: Ya se ha roto todo lo que se podía romper: el telefonillo de la puerta, la aplicación que nos dice cuánto nos ahorran los paneles solares, la piscina -claro-...; tampoco sé abrir el "receptáculo" que oculta el filtro de la piscina; no tengo fuerza para abrir el bote sifónico de la pila de la cocina, ni el del cuarto de baño, ni... No sé cómo va el wifi de la tele, ni para qué sirven la mitad de los cachirulos de informática y otros arcanos que hay repartidos por la casa... Así que decido, como en todo lo demás, empezar de cero con la piscina: Vaciarla, llenarla y olvidarme de intentar suplantar al que no está. Porque aquí tengo que decir que, cuando estaba soltera y vivía sola, yo era el hombre de la casa: No  es que fuera una manitas, como ha quedado patente, pero algunos rudimentos de utilidades caseras sí que tenía. Olvidados. Kaputt. No sé cuándo ni a dónde se han ido, pero se fueron despacito y sin avisar, que es la mejor manera de que no te pillen. Me voy. Me voy de viaje sola, con mi amiga Encarna, con mi amiga Antonia. Me voy. Desaparezco. Largo. Y no está mal, tres viajes a cambio de una frustración. Saldo positivo

        Pero pasa el tiempo, y llega el tercer verano:  Tengo que hacer algo con mi enfisema y nadar dilata los pulmones, tengo que hacer algo con mi poca fuerza y nadar es un ejercicio de fuerza, tengo que hacer algo con la pasta que costó la piscina y soy hija de tenderos, que me paso el día calculando cuánto cuestan las cosas... Así que decido que esto no puede ser, que cincuenta metros de agua no te pueden rendir, que los desafíos son lo tuyo... y empieza el contraataque: 

        Tercer asalto: Verano de 2025: Cambio de líner, agua nueva, tienda piscinas con gente encantadora (a fuerza de ser pesada y de verme todos los días, pero los dos chicos, Pablo y Cariño -no sé cómo se lama- conocen mi nombre y me tienen por una dulce abuelita a la que el tema de la piscina la sobrepasa -lo cual es verdad-, así que se esfuerzan por asesorarla y contarle todos los trucos que se saben. Y, ¡sorpresa!, funciona. Porque consigo tener una perfecta piscina del 30 de mayo al 30 de junio. Pero, como una es gafe aunque haya gente que lo dude, el 30 de junio empiezan los tormentas, y comienza también a transformarse el agua de mi piscina. De un precioso azul a un verde mar al principio, y un verde musgo más adelante. Motivo?  Mi inutilidad manifiesta y tantas veces demostrada en estos temas: Había confundido el medidor del PH con el medidor del cloro y cuanto más alto estaba el PH más PH le echaba para equilibrar, y cuanto menos cloro había menos cloro le echaba también para equilibrar. Porque eso de la acción/reacción, como  quedó muy claro en un juego tonto con mis cuñados -todos de Ciencias, todos ingenieros y/o biólogos, nunca lo he entendido; así que me emperré, y me emperré, y me emperré, como el lobo soplando las casitas de los tres cerditos, pero hasta que no volví a la tienda de mis prohijados nietos y me explicaron que todo era al revés, no empezó a arreglarse el tema.

        Y ahora llega mi dilema. Porque todo está funcionando, y ahora el agua ya tiene un precioso color verde mar, casi casi como si estuviera todo bien. Vamos, que con los polvos de mañana (y no se me entienda mal 😅) quedará perfecta. Pero no sé si quiero. Porque una cosa es que el "negociado" de Salva lo haya arreglado pagando desperfectos pero sin invadir su espacio (aunque mi cuenta corriente sí se ha sentido invadida), y otra cosa es reducirlo. Ya sé que sería capaz, si pusiera interés, en hacer bien alguna cosa  de las que no me he ocupado (aunque dentro de este interés nunca estarán las tartas, bizcochos ni gollerías al horno que tanto le gustaba hacer a él), pero no sé si quiero quitarle un espacio que siempre ha sido suyo. Porque no sé si quiero ser tan independiente como era antes, hace tantos años, o prefiero quedarme así, aunque sea más vulnerable. Es el hueco que nos dejan.

        Lo que sé es que dentro de poco tendré un precioso retrato colgado de la pared del salón, en lugar de la lámina de Dalí que compramos en nuestro primer viaje de novios -novios, no casados- en  Cadaqués: Sólo falta que se sequen los blancos, que tardan más que el resto de los colores. Claro que, como mi destino es no estar nunca contenta, estos días me he dedicado a ver fotos antiguas, de las de papel, y me he arrepentido de hacerle un retrato tal y como era ahora en lugar de cuando era joven y guapo, o lo que es lo mismo, cuando nos casamos. 

        Bueno. Tengo las fotos.

Comentarios

  1. Las fotos y tiempo para hacer otro de joven 😃😃
    Por cierto, creo que has destapado la segunda sorpresa 🫢 🫢 ¡¡¡Ganas de verla!!!!

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