El valor de un casi
Este verano, como los últimos veranos, mi hija se ha ido a un país semiexótico, a un viaje exótico -ése sí- porque la aventura consiste en tratar de convivir durante un mes con comunidades lo más autosuficientes, lo más autogestionadas, -lo menos "modernas"- posibles, para aprender y comprobar en carne propia que los "diferentes" son, efectivamente, diferentes, pero no inferiores ni ignorantes, que tienen cosas que aportar y que, sobre todo, se merecen el respeto que se merece toda estructura social llamada cultura, aunque no sea la nuestra. Fuera etnocentrismo, en definitiva, que no nos deja ampliar la mente a otros pensamientos y otras experiencias. Y en eso están.
La cosa empezó, para mi hija, el año del covid. Llevaba tiempo lloriqueando porque sus amigos de la facultad se pasaban todo el año ahorrando en trabajos de m... para irse en verano de cooperantes, pagándose el viaje ellos, naturalmente (para eso era el ahorro) con diferentes ONGs.... y ella no lo había conseguido. Así que, cuando se enteró de que había una asociación sin ánimo de lucro que estaba organizando un recorrido a pie por la España vaciada, -como mal menor porque con la pandemia era muy difícil salir del país-, se apuntó inmediatamente. Y le gustó. Era lo suyo. Convivir con la gente de los pueblos, tener planeados encuentros con grupos de música folk (esto de folk es mío, soy antigua), combinar esta interacción con un recorrido a pie intenso en el que biólogos, historiadores y otra gente incorporada al grupo comentaban los lugares por los que iban pasando... aquello era, si no lo que buscaba, algo muy parecido.
Y lo muy parecido se convirtió en "esto es lo mío" al año siguiente, cuando fueron a Ecuador. Luego siguieron Perú, Méjico, Marruecos, siempre combinando la convivencia en comunidades "diferentes" con algún reto físico, siempre colándose en el planning alguna escalada -no más de cuatro mil metros- , además de recorridos a pie por las diferentes selvas. Aquello de mens sana in corpore sano, aunque me temo que ninguno sabe latín.
Así que todo hacía prever que este año iba a ser como todos: Llamadas telefónicas en las que todo estaba bien, y a la vuelta era cuando me contaba que los mosquitos, arañas y otros ejemplares exóticos para nosotros de la fauna local había hecho estragos entre los ruteros, que había tenido mal de altura, que algunas autoridades habían sido "ligeramente" hostiles a sus pretensiones de convivencia con los locales...
Pero no. Este año, cuando me llamó y me dijo: Te tengo que contar, lo primero que pensé fue Si no he perdido una hija, ha debido ser un milagro. Porque mi hija es como yo: Todo se arregla, todo es relativo, no somos el ombligo del mundo, lo nuestro no es importante... Así que aquella frase, corta, cortísima, prometía un peligro grande, enorme. Y no me equivocaba. Porque cuando hablamos, me contó lo siguiente:
Había empezado la temporada de los monzones, y allí los monzones (Nepal, este año iban a Nepal) son tremendos: Se inundan carreteras, se desprenden rocas,... Lo normal.... Son los monzones. Pues los monzones le pilló a la expedición en una carretera a muy pocos kilómetros de llegar a su refugio de la noche; pero no llegaron, porque una patrulla les paró por peligro de desprendimientos en el recorrido. Esperan, esperan y esperan, y cuando va a llegar la noche, hartos de esperar (son occidentales, lo nuestro no es la paciencia), el guía les dice que, si salen del bus y van andando, el refugio donde les espera una cama blandita y una rica cena está a pocos kilómetros. Se animan, porque no ha ocurrido nada reseñable en las horas que llevan parados, y deciden llegar a pie. A los pocos minutos de andar por la carretera con sus mochilas, ven un pequeño grupo de gente que saca un cuatro por cuatro de la carretera, donde está atascado, y lo hace avanzar unos pocos metros. Según lo han sacado, miran todos aterrorizados a lo alto, comienzan a correr y los expedicionarios ven con asombro cómo cae una enorme roca exactamente donde había estado el cuatro por cuatro. En ese momento, el guía les grita: Corred!, y todos empiezan a ver caer rocas a su alrededor. Corren como desesperados mientras siguen cayendo rocas que por fortuna no impactan en nadie, y después de lo que parece una eternidad llegan al refugio. Descansan un poco y cenan algo de pan y queso cuando ven llegar, para su sorpresa, el bus que habían dejado atrás. La carrera, el susto, el cansancio, se habían transformado en unos segundos de una aventura en una anécdota sin más.
Casi les había alcanzado una piedra. Casi se habían quedado allí. Casi habían pagado la novatada. Casi... Menos mal que existe un adverbio llamado casi
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