Los reyes del sol
Este próximo día doce -y hoy es cinco- de agosto de 2026 habrá un eclipse de sol para el que, por cierto, no tengo todavía las gafas, y para el que, por cierto, tendré que preguntar a mi hija, que me va a llamar desde Nepal para contarme un poquito de sus aventuras en la Ruta Inti, con la que va todos los veranos a sitios diferentes para comprobar, verano tras verano, que no somos la única cultura de este mundo mundial y que todas son tan respetables como la nuestra (si lo nuestro se puede llamar cultura 😅) , si le compro también gafas o pasa del evento. Pero esto del eclipse ha sido una casualidad, porque el título de hoy se refiere a una preciosa película de 1963, Los reyes del sol, que vi con mi madre (y no sé si con mi hermano, porque era muy niño pero parecía un grano porque no se me despegaba ni para m..., como se suele decir), si no recuerdo mal en el cne Ideal, al lado de nuestra casa, en un chaflán que había muy cerca del teatro Calderón en la calle de Atocha, y casi paralelo a la plaza de Tirso de Molina.
Y era muy raro eso de ir al cine con mi madre. Tan raro, que sólo recuerdo esta peli y otra que se llamaba Solimán El Conquistador, una narración heroica de la invasión de Viena por el turco Solimán, con su defensa a ultranza del castillo -o la muralla de la ciudad, o la alcazaba o lo que fuera, pero muralla había-, su historia de amor, su héroe que se quedaba en la ciudad para dar tiempo a escapar a las mujeres y niños que habían huído antes y con los que también se salva la amada del héroe... en fin, todos los ingredientes.
Y Los reyes del Sol también. Acostumbrada a las pelis de Marisol y Joselito obligadas, porque no había muchas más, una peli de aventuras, de héroes, empalizadas y batallas era emocionante. Y realmente fue emocionante, casi tanto como Solimán, aunque Los reyes del Sol se situaba en una tierra más lejana, la península del Yucatán. En ésta no hay un pueblo invasor y unos defensores cristianos defensores de la civilización, sino un pueblo que, enfrentado con sus espadas de madera a otro que ha descubierto el hierro, huye y llega a una tierra en la que consigue que sus habitantes les acojan y consiguen convivir en paz, después de más de una peripecia, claro. Pero lo precioso de esta peli, que ya he visto un par de veces en el Canal Trece después de una porrada de años gracias a lo que repite su programación, es que me he dado cuenta de que en esta peli los protas también lucen los valores de las novelas que me encantaban en la época, léase Ivanhoe, La Jerusalén liberada, o las biografías del Cid Campeador, Cortés, Pizarro, Colón y tantos héroes cuestionados después, pero héroes prístinos en mi infancia. Y si no, una muestra que he apuntado mientras veía la peli, a ver si os parece que es de esas frases que no caducan: Dice el jefe indio (porque son indios según la idea que nos han dejado las pelis del oeste, se visten con taparrabos y luchan con tomahawks, o sea, hachas de piedra): Me elegisteis para ser vuestro jefe no para mandar, sino para guiaros. Toma castaña, si los políticos de ahora tomaran nota de que no se trata de poder, sino de hacerse responsable de un proyecto.
Pero lo que más se me ha quedado grabado del cine de mi infancia es que sólo recuerdo haber visto con mi madre estas dos películas. Ni una más. Ni una menos. Sólo dos películas de aventuras, en contra de las decenas de tonterías de niños prodigio y cursiladas en general con que nos atiborraban en aquellos años. Y, con el tiempo, también me confesó mi madre que las dos únicas novelas que leyó cuando era joven (y probablemente porque en su casa no había más) fueron El caballero de Lagardere, la mejor novela de espadachines escrita jamás según algunos críticos, y El judío errante, novela de aventuras donde las haya en la que siete herederos de una inmensa fortuna deben enfrentarse a la formidable organización de los jesuitas, que desean arrebatarles su herencia. Dos novelas de aventuras enormes donde las haya, de mil páginas y más, capaces, y más que capaces, de hacer volar la imaginación de cualquier niña. Y en el supuesto no demostrado de que me parezca un poco a ella, se las debió de aprender de memoria de tanto releerlas. Así que me alegro de tener algo en común con mi madre. Pero ese algo es mucho. Porque el afán de aventuras, de lo nuevo y diferente, de querer algo más, aunque sea con la imaginación, que una vida anodina y rutinaria, y aunque eso hubiera sido un sueño de adolescente, puede cubrir muchos huecos de otras cosas. O eso quiero creer.
Y, de todos modos, creo que su afán de aventuras, a su manera, lo consiguió con mi padre. Como yo con Salva. No siempre las aventuras están a la vista.
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