Con los cinco sentidos I
Hace poco me propusieron hacer la introducción de un pequeño libro de juegos basados en el contacto corporal, un contacto corporal suave, relajante, alejado de la violencia que se suele asociar con el mundo puramente físico. Y como no sé si finalmente se va a publicar o no el libro, me apetece mucho compartir todo lo que he averiguado y lo que ya sabía pero no le había dado muchas vueltas, porque lo que sugiero me parece muy interesante, al menos, para que nos haga pensar. Muchas cosas ya son sabidas, desde luego, sobre todo para los especialistas -cosa que yo no soy-, pero aún así creo que alguna idea nueva nos dará este pequeño resumen de lo que nuestros sentidos han influido en nuestra cultura y viceversa. Y no hace falta estar de acuerdo. También es importante estar en desacuerdo, las dos cosas obligan a pensar antes antes de decidir.
LA VISTA
Decía Azorín en un artículo sobre el marco y el cuadro que la inmensa mayoría de los marcos son dorados porque el color dorado, como color frío que es, no atrae la atención de nuestra vista pero encuadra lo que sí merece nuestra atención, que es el cuadro, y, por tanto, es el mejor vehículo para apreciar el contenido, es decir, la pintura.
Este es un comienzo tan bueno como cualquier otro para ir viendo cómo la cultura nos da pautas para entender lo que vemos y clasificarlo como bello/no-bello, interesante/anodino, impactante/aburrido, etc. El sentido de la vista se ha ido modelando, educando, en comportamientos que, naturalmente, no han sido ajenos al sentido común o las sensaciones intuitivas de las personas. Porque, siguiendo el ejemplo del marco dorado, antes de finalizar el mismo Siglo XX en el que Azorín escribe esto ya había quedado perfectamente perfilada la teoría de los colores, según la cual el verde, por ejemplo, llama a la calma, y por eso los uniformes de los cirujanos son verdes.
Por tanto no es todo educación cultural o socialización en nuestra apreciación del arte, sino que ésta se combina con sensaciones corporales, respuestas físicas ante los estímulos generalmente hormonales -como veremos cuando hable de otros sentidos-, que han ido modelando juntas nuestra percepción.
Pero en general podemos afirmar que nuestra vista ya está educada desde la infancia, aunque en este pasado Siglo XX nuestra sensibilidad en general, y por tanto, también la visual, se ha abierto a la estética de otras culturas y a la evolución de la nuestra: Hace un par de siglos hubiera sido imposible que consideráramos bella, por ejemplo, la efigie de un dios hindú de ocho brazos, o un cuadro cubista.
Pero volvamos a los cánones de nuestra cultura visual. Y digo cánones porque me voy a fijar en el Canon griego, una regla matemática y geométrica para definir las proporciones ideales del cuerpo humano. Basado en la armonía, la simetría y el concepto de kalokagathia, consideraba que la perfección residía en la medida justa y el equilibrio (kalós en griego significa bello, pero bello física y moralmente, ya que la fealdad moral siempre consigue manifestarse en algún rasgo físico que no permite una belleza perfecta). No es preciso decir que no está tan lejano de nosotros este concepto griego de belleza física y moral unidas: Recordemos El retrato de Dorian Gray, la fábula de Oscar Wilde donde los vicios de Dorian se van plasmando en su retrato en tanto que su cara y su cuerpo siguen siendo angelicales y perfectos.
Este Canon consintió en considerar , primero, que el hombre es la medida de todas las cosas; segundo, que la belleza es orden y razón ante todo. Establecidos estos dos principios, se estableció la cabeza como medida del cuerpo, de tal modo que un cuerpo de proporciones perfectas debía ser siete veces la medida de la cabeza, según Polícleto, escultor griego. Cuando este Canon se hizo norma se comprobó que las figuras eran poco estilizadas, y el también escultor Lisipo optó por la medida de ocho cabezas en lugar de siete para definir las proporciones ideales del cuerpo humano.
Pero lo que me interesa resaltar de este pensamiento griego es la regla de que la belleza es orden y razón, así como que la belleza para que sea belleza debe ser total, es decir, del cuerpo y del espíritu. Esto se rescatará tal cual en el Renacimiento, en el que el hombre vuelve a ser la medida de todas las cosas y el pensamiento debe regirse más por lo racional que por lo emocional.
Y llegamos al Renacimiento, ya que la época medieval no ha dejado impronta en nuestro pensamiento cultural; sí en el arte, pero no en nuestro criterio de lo bello o lo perfecto. En el Renacimiento, y siguiendo la pauta de nuestra herencia griega y latina, se acuña el concepto de Proporción Áurea, que también se basa en las proporciones perfectas que debe tener el cuerpo humano para conseguir la belleza perfecta (esa que era tanto del alma como del cuerpo, recordemos) y que es el número 1,6180, al que también se le llama “número de Dios”.
Porque esta vez la simetría y la belleza se extiende también a la naturaleza, y así se puede encontrar la proporción áurea en las hojas de los árboles, los pétalos de las flores, las conchas marinas... Y la naturaleza es obra de Dios, con lo cual, al realizar creaciones humanas tomando como modelo la proporción áurea estamos siguiendo, según el pensamiento renacentista, la idea de belleza que Dios ya ha puesto en la naturaleza. Con este entorno natural obra de Dios, que, ya es bello de por sí o al menos tiene que contener necesariamente el germen de lo bello, la impronta de belleza, de equilibrio, de relajación, se implanta en nuestro cerebro casi desde que abrimos los ojos, y después el arte y la cultura nos la van afirmando y consolidando. En este esquema lo natural y lo artificial se dan la mano, y ello, aun habiéndonos proporcionado mucha felicidad durante mucho tiempo, también ha bloqueado nuestra inteligencia para encontrar belleza en otros modelos que no sean orden y equilibrio (mejor dicho, nuestro orden y nuestro equilibrio) hasta el pasado siglo XX, como apuntaba más arriba.
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