Economía de recursos
Últimamente me cuesta mucho muchismo, como diría mi amiga Mico, -que le encantaba imitar el habla de un amigo extremeño de nuestra facultad de Políticas-, bajar al ordenador, porque está en la zona de confort de Salvador, que se quejaba, todo sea dicho, de que yo invadía su espacio porque de vez en cuando "entraba" en sus dominios para practicar con el piano o seguir con los puzzles que iba resolviendo en una mesita baja que había instalado en su "guarida", por otro nombre bodega.
El caso es que acabo de empezar una novela de Fernando Marías, que llevaba esperando su turno bastante tiempo en la "fila de los cojos", como se suele decir, porque asocié en su día sin ningún argumento válido el nombre de Fernando Marías al de Javier Marías, que siempre me ha parecido insulso, aunque cubre el expediente. El caso es que, llegada a la página siete o así (no quiero comprobarlo, la imprecisión también tiene su aquél), me encontré con una operación del padre en la que perdía estómago y bazo. Y comencé a pensar en cuántos órganos podemos perder y seguir viviendo. Porque el cuerpo, como me han demostrado los libros de divulgación (no quiero darme pisto de que entiendo algo técnico) y de historia de la medicina que he leído, puede sobrevivir sin un montón de órganos, aunque todos sirven para algo, como también han ido descubriendo los especialistas.
Y empecé a contar, una vez más, -porque lo he hecho a menudo, sobre todo cuando he tenido que enfrentarme a nuevas cirugías no previstas y convencer a los médicos de que coagulo bien, cicatrizo en un pispás, me recupero en un suspiro- las operaciones que he tenido: Fuera amígdalas (nos las quitaban a la más mínima cuando era niña), fuera apéndice (aprovechando otra operación, aunque estaba perfecto), fuera hemorroides (ésas sí que sí, me relajé muchísimo cuando se pasó el dolor), fuera trompa de Falopio, vesícula, dioptrías...
El saldo, en conjunto, es positivo. De todo lo sufrido, sólo las amígdalas y la hernia umbilical que también me quitaron en la infancia eran operaciones innecesarias, pero tampoco me han perjudicado, si dejamos a un lado la pesadez de una aburrida convalecencia . Me queda librarme de un riñón, el bazo y alguna cosa más, supongo. Con los pulmones mejor me quedo con ambos, porque visto que tengo tejido muerto en los dos, y no poco, doy por eliminado uno de ellos, así que necesito lo que me queda. Pero aquí sigo: Los supervivientes somos así. No llegamos a las divertidas tonterías de las pelis de Sylvester Stallone (y no puedo decir qué tipo de bobadas son porque no he visto ninguna, hablo por hablar pero la fama se expande), pero somos correosos a la hora de estar enfermos, de rendirnos, de claudicar, de morirnos. Sólo puedo decir en mi descargo que me ha dado por pensar en operaciones quizás porque ayer tuve un "tropiezo" (nunca mejor dicho) y me han quedado el dedo de un pie de un bonito color morado tirando a negro y cierto calambre, que ya se me está pasando, en la corva de la misma pierna al subir y bajar escaleras, lo que me ha recordado que no me he roto nunca ningún hueso, ni esquiando (que nunca aprendí), ni escalando (poquito, encordada en los sitios difíciles y siempre con expertos) ni en ningún "ando" de riesgo, y ahora de vieja tampoco me he caído por ninguna escalera ni me he roto ninguna cadera hasta el momento.
Y aunque en enfermedades tengo otro curriculum casi tan largo como el de los quirófanos, todo es bueno para el convento, como se suele decir, y la moraleja que le aplico es que soy una superviviente con una inmensa suerte. A partir de ahí, lo de superviviente lo aplico también a todo lo demás, que es lo interesante, y sigo marchando, que es gerundio.
Comentarios
Publicar un comentario