Con los cinco sentidos V - El tacto

        Cuando era joven, recuerdo que una vez mi tía comentó entre risas que su marido, por la noche, se iba desplazando en la cama según ella iba huyendo de su contacto hasta que tenía que elegir entre caerse al suelo, porque había llegado al límite físico del espacio, o dejarse abrazar, lo que ahora se llama "la cucharita". Y lo recuerdo porque a mí me pasaba algo parecido con mi marido, aunque no era exactamente igual: Yo lo dejaba hacerme la "cucharita" hasta que me iba entrando el sueño, y en ese momento le decía "hala, ya", y él, dormido pero obediente (¿o quizás comprensivo?), se daba media vuelta y me dejaba reinar completamente sola en mi propio espacio.  

        Todo esto viene al caso de que los individuos tenemos, creamos, necesitamos, un espacio alrededor nuestro, una prolongación de nuestro "yo" físico, que en ciertos movimientos alternativos se ha llamado "aura" y actualmente se puede definir como "zona de confort", en el que prolongamos nuestro cuerpo en cierta manera y nos sentimos agredidos si se invade sin nuestra aquiescencia. Pero esto también sucede al contrario. Por ejemplo, después de la interminable guerra de Vietnam había tantos bebés huérfanos o, simplemente, abandonados, que en los orfanatos de Vietnam del Sur optaron por darles el biberón con brazos mecánicos. Después los americanos hicieron un seguimiento (los americanos hacen estudios de todo) de la vida adulta de esos niños, y descubrieron que sus niveles de empatía y sociabilidad eran sensiblemente más bajos que la media. Muchos supondríamos -sólo suponer, no está demostrado- que algo tendrá que ver con no haber tenido un contacto físico, puramente físico, en sus primeros años, con otros seres humanos.

        El caso es que las investigaciones actuales están abriendo paso a la idea de que el contacto físico, cuando se vive no como una agresión sino como una actividad placentera o, al menos, neutra, libera una serie de hormonas que generan efectos muy beneficiosos en una actuación en cascada: Primero se libera oxitocina, que es la hormona del amor, la de la madre con el hijo; ésta a su vez "arrastra" a la endorfina, la hormona del placer, y ésta última libera serotonina, la hormona de la felicidad. Así que el contacto físico, simplemente el tocarnos, el "piel con piel", genera felicidad, empatía, y, pienso yo, algo habrán intuido nuestros mayores cuando los acuerdos se finalizan con un apretón de manos, o cuando los encuentros se formalizan con dos besos; porque la invasión del espacio del otro nos hace partícipes, y no sólo en un nivel simbólico sino también en un nivel práctico, de sus ideas y de su personalidad, y, por tanto, nos acerca, como nuestros electrones se mezclan con los suyos en esos centímetros de aire que compartimos cuando nos acercamos, nos tocamos, nos fusionamos en cierto modo.

        Pero aunque las culturas mediterráneas sean muy de contacto físico, no hemos creado una cultura del tacto, quizás porque la religión católica ha considerado el cuerpo como un templo de Dios que debe preservarse de toda contaminación y de toda tentación también, y el contacto físico probablemente no haya sido muy del agrado de una doctrina en la que nuestro cuerpo es algo a preservar,  siempre limpio, siempre puro. En este contexto el contacto físico, el tacto sólo puede ser un elemento distorsionador, peligroso, invasivo. Así que en este punto estamos. No hay una cultura occidental del tacto, ni por la parte de la cultura mediterránea ni, menos aún, por la parte de la cultura anglosajona, menos efusiva y táctil. Y tomo el ejemplo de la ciencia ficción, muy anglosajona: Frente a una peli en la que los extraterrestres son buenos -ET-, y vienen a una misión científica (botánica, pacífica a más no poder), tenemos La guerra de los mundos. Ya sé que hay ejemplos de los dos tipos, pero creo que ganan por goleada los ejemplos de adrenalina/cortisol sobre los de endorfina/serotonina. Y esto sí parece que es cultura, la cultura de imponer un estilo de vida en lugar de integrar estilos de vira diferentes (que, por supuesto, necesita más trabajo, más paciencia y genera menos autoestima para el dominante), 

        Así que sí, en cierto modo habría una cultura del tacto entendido como agresión, como invasión de nuestro espacio que sólo se resolvería con actitudes defensivas. Aunque yo, que me defino como optimista antropológica y creo que la raza humana evoluciona para mejor (en el sentido humanístico y moral, no tecnológico) no creo que esta cultura esté muy consolidada. Porque, como contaba mi amigo xxx, español exiliado en Francia que allí trabajó muchos años en el CNRS, una vez se estudiaron las manadas de lobos y se descubrió que aquellos que, en las luchas por el liderazgo, perdonaban a los machos jóvenes que se atrevían a luchar, estaban predominando sobre aquellos que, en las mismas luchas por el liderazgo, sacrificaban a los machos jóvenes que se atrevían a luchar. Concluyendo, que los enfrentamientos debilitan porque hacen perder individuos valiosos, y los más inteligentes son los que los preservan y no los que los sacrifican .   

        Así que, volviendo a mi tesis optimista, y en base a lo que sabe la medicina sobre las hormonas y, muy novedoso, algo que se está moviendo en los círculos empresariales, que están empezando a crear retiros para que sus ejecutivos desarrollen un espíritu colaborativo que no tienen y que ya sus directivos  consideran necesario para que sus empresas salgan adelante, podemos crear ahora, en este Siglo XXI, una cultura inclusiva, tomando prácticas de aquí y de allá, forjando una filosofía nueva alrededor de este sentido que, desde mi óptica, es el más importante de todos, puesto que modifica, para acercar, las ideas, las personalidades, las conductas. Porque si añadimos al interés por acordar, o aunque sólo sea por agradar, una serie de reacciones físicas y hormonales que nos facilitan el encuentro, ¿Qué más podemos pedir? 

        Así que sí, me parece una oportunidad investigar, ahondar y aportar en el sentido del tacto como una manera no ya de hacer un poco más feliz a las personas, sino de acercar en general a los pueblos. Porque hasta ahora el contacto físico se ha limitado a la agresión, la adrenalina, el cortisol: Las guerras. Ya va siendo hora de que se dedique a la empatía, la colaboración, la paz.



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