Planificando
Tengo la manía desde hace tiempo de planificar mi tiempo. No es que sirva de mucho, porque luego nunca hago lo que pretendo, pero, no sé por qué, sigo intentándolo. Y digo más, si no lo hiciera creeria que algún extraterrestre habría invadido mi cuerpo y no seria yo. Porque siempre he intentado organizarme, aunque casi nunca lo haya conseguido. Y hoy no es el día, como diría Aragorn. Hoy no es el día de dejar de intentarlo, porque abandonar una rutina a mi edad es algo peligroso: ¿Con qué la sustituyes? ¿Cómo rellenas ese tiempo que has dedicado a planificar? ¿Cómo gestionas (tanto que está de moda ahora este palabro) el malestar que te generarían esas horas vacías, sin finalidad ni método, en que se convertiría tu vida si no planificaras? Y ahora peor, porque ahora que estás jubilada, todo depende de tí: No tienes horario laboral que te rellene parte del día, no tienes la excusa del cansancio para no planear tu tiempo libre, tus compromisos sociales se han reducido a los amigos de verdad, la familia, los vecinos... Eres libre. Espantoso. Qué miedito. Maravilloso. Todo el mundo para tí. ¿Y qué hago yo ahora? El tiempo no es oro, el tiempo no corre... ¿Cuánto tiempo me queda? ¿Estoy desperdiciando mi tiempo? ¿Y por qué voy a correr ahora, que soy libre? ¿Y debo rellenar el día, o cargarlo de ilusión? ¿Y eso cómo se hace?
Al fin, todo se reduce a planificar. Si planificas, le das un sentido a todo, porque te lo has pensado, lo tienes claro, lo que piensas hacer tiene un sentido. Así que yo planifiqué. Este puente estaba clarísimo: Sábado, terminar el regalo para mi sobrino nieto: Cuando tuve el primer sobrino nieto decidí regalarle una muestra de punto de cruz con su nombre, y me quedó muy chulo. Creo que sus padres lo metieron en un cajón, pero decidí que ése sería mi regalo en el futuro para todos, y llevo doce: Muuuuy cansado, en realidad: Esquiadores, gatitos, perritos, arlequines, vaquitas, pollitos, búhos.... Algunos padres lo han metido en un cajón y otros no, pero al menos no me he estrujado las meninges buscando regalos para familias que lo tienen todo y no tienes opciones de regalar algo original.
Pero al lío: Sábado mañana, punto de cruz. Sábado tarde ya es mucho planificar, basta con dar el paseo a Niche y leer un ratito el último libro de Bill Bryson, que estoy deseando acabar para que engorde la lista de los que sacaré al banco de mi plaza el verano que viene para que se los lleven los paseantes. Me gusta el autor, pero me ha pasado lo que con tantos otros, que cuando reconoces su estilo te empiezan a aburrir, porque no aportan novedades a la lectura.
El domingo, los planes eran: Mañana, bajar a la bodega, donde tengo el ordenador, el piano y algunas cosas más, y dedicarme a hacer algunas transferencias, seguir -quizás- un ratito con el blog y practicar un poco en el piano las segundas y terceras mayores y menores, ascendentes y descendentes, que parece algo muy difícil pero son los principios elementales del lenguaje musical, al que me he apuntado este año en los cursos del ayuntamiento y que me entusiasma. Por la tarde, escuchar los audios de nuestra directora del coro -también estoy en un coro- porque, como nueva que soy, no me entero .
Bueno, pues nada de nada. Mis planes acabaron siendo ver una serie de episodios atrasados de Soko Leipzig, una serie policíaca alemana que últimamente me tiene pillada, ir al pueblo a comprar el pan y de paso sentarme en una terrracita a tomar una cerveza, sacar a Niche por la tarde después de una reparadora siesta en el sofá del salón, con el programa de Tu casa a juicio (me encanta ver reformas que nunca podré hacer) como música de fondo, y pensar, con cierto cargo de conciencia, que el lunes sin falta tengo que poner la lavadora, fregar los cacharros que ya se van acumulando, mirar cuándo gasóleo le queda a la caldera y poner alguna laja de pizarra en el jardín. Porque las lajas del jardín son otra historia: Cuando llegamos Salva y yo a Cerceda, hicimos una preciosa explanada delante de nuestra casa con lajas de pizarra, colocadas una a una con todo el amor encima de un lecho de gravilla. Quedó precioso.
Hace casi treinta años. Y no es que quiera ser pesimista, es que los jardines, las casas, las personas, evolucionan. También se puede llamar se deterioran. Porque las plantas crecen, sí, y necesitan cada vez más poda, sí, o necesitan cada vez recoger más hojas, sí, o necesitan cada vez más espacio, sí . Y las lajas de pizarra se van hundiendo, hundiendo, y necesitan que se las devuelva a la superficie. Una por una, como se colocaron, y cuando la tierra está húmeda después de una buena lluvia, que no sabéis lo que cuesta desenterrar una piedra en una tierra dura. Así que a eso dediqué una parte de mi otoño pasado, dejando el resto -mucho- para años venideros. Y el siguiente año venidero, éste, no me parece que tenga muchas ganas. Y no es porque no quiera, no, sino porque algo debe de pasar cuando encuentro excusas cada vez que lo pienso: En total, he colocado tres lajas de pizarra -una enorme, eso sí- y, según ponía la tercera, empecé a pensar que quizás me dolían un poco de más las lumbares. Y en ésas sigo.
Pero hoy lunes sí estoy cumpliendo, en la bodega, aunque no de buena mañana, escribiendo una entrada en el blog. A ver si esta tarde pongo la lavadora y compruebo el gasóleo. Porque otra laja de pizarra creo que ya va a ser mucha tarea.
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