Aterrizando
Estos últimos meses estaba un poco preocupada porque leía muy despacio, en mi ranking personal de dos-tres novelas a la semana cuando era joven, que han ido adelgazando poco a poco hasta convertirse, en estos últimos años, en dos-tres novelas al mes.
Yo lo achacaba, por buscarme una excusa, a que leía novelas con más «enjundia», y en algunos casos era cierto, pero no dejaba de ser eso, una excusa. Porque lo cierto es que hace tiempo que no paso una tarde entera, -esas largas tardes de verano a la sombra de un precioso árbol o esas largas tardes de invierno con el tazón de café, la butaca y la mantita, hasta que te quedas ciega o te llaman a cenar- con un libro en la mano, pendiente de conseguir enterarme de qué va a pasar con el héroe antes de tener que dejarlo hasta la tarde siguiente.
Y ciertamente era una excusa, porque con esta novela he vuelto a buscar tiempo donde no lo había, y a dejar para otro momento sesudas tareas. Todo con tal de seguir leyendo. Porque la novela es intrigante. Electrizante. No tiene el punto de cinismo de toda novela negra que se precie, ni la intriga pura y dura de quién será el asesino del modelo Agatha Christie o Conan Doyle, ni ninguna persecución trepidante como ocurre en algunas novelas policiacas americanas tipo Patricia Cornwell. No está planteada desde una perspectiva de crítica social (aunque lo que denuncia es brutal), ni pretende irnos familiarizando con un tándem de picoletos sosias de Vila y Chamorro. Esta novela es otra cosa. Y no es que le falte nada, porque tiene ritmo, e intriga. Es diferente porque tiene algo diferente: Tiene emoción. Sobre todo y ante todo. Es una novela diría que escrita «desde las tripas», o, al menos, la autora quiere que la leamos desde ahi. Y lo consigue, porque hay garra. Es intensa.
Cuando tengáis una tarde de ésas de seis o siete horas vacante, abrid este libro. Y si no tenéis esa tarde y lo abrís, procurad no tener nada urgente que os reclame. Porque quizás no lo podáis cerrar.
Pero me he quedado un poco noqueada cuando he cerrado el libro, porque, de repente, he pensado: Y ahora, qué? Qué puedo leer después de esto? Después de encogerme el corazón con la historia real, después de esprintar páginas y páginas para ver cómo sigue la intriga, después de cenar a las once y después seguir leyendo hasta cerrárseme los párpados, qué leo yo? Porque tengo un dilema desde hace tiempo: Ya en el colegio, cuando nos encargaban una redacción, yo escribía un cuento, y cuando llegaba mi turno de leer delante de la clase se hacía un perfecto silencio después de una serie de chist, que es Botas. Pero aquello se torció. Porque un buen día me di cuenta de que, si estudiaba Literatura, que parecía mi destino, nunca iba a bajar de mi nube particular. Y mi nube era perfecta, blindada, lo tenía todo, pero intuía que, con el tiempo, iba a quedarse pequeña. Más pequeña, al menos, que el mundo real, que parecía grande y, sobre todo, misterioso, visto que yo ni lo había pisado, a no ser que fuera absolutamente imprescindible. Así que bajé al mundo real, dejé la Literatura para mejor ocasión, estudié Sociología y bajé a la tierra -relativamente, todo hay que decirlo-, a pelearme con lo cotidiano y lo pedestre desde de lo emocional y la imaginación.
Naturalmente, a la tierra tampoco le faltaban emociones ni imaginación, pero yo capté el mensaje: Después de volar, hay que aterrizar. Porque en las nubes no hay término medio: O sigues subiendo, o caes. Así que mejor aterrizar.
Y para aterrizar después de la borrachera emocional de la novela de marras, tengo el antídoto perfecto: La mentalidad positiva en España: Desarrollo y crisis, interesantísimo libro -y tan ladrillo que lo voy leyendo por partes en situaciones de emergencia como ésta-. Voy por la página cincuenta. A ver si en esta tacada llego a la cien.
Por cierto, la novela se llama Lo que oculta la tierra, de Leticia Sierra
hablar de Filología y Sociología
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